2010/08/12

Cartas al director: El negro


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
que, al igual que otros publicados en este blog,
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Señor director: Mi nombre es Margarita Facher, y hace unos días, durante un viaje de avión entre Johanesburgo y Londres fui objeto de un atropello por parte de cierta compañía aérea que prefiero no nombrar. Sirva esta carta como desagravio.

Son ya casi veinte años los que vengo realizando esta ruta, por motivos profesionales: mi familia es propietaria de una prestigiosa explotación de diamantes en Sudáfrica, con cerca de quinientos mineros, todos ellos de color –negro–, en nómina, aunque también explotamos en Inglaterra otros varios –negocios, quiero decir– de gran influencia en respetables círculos como el ejército, la cámara de los lores y antes de que ésta fuera habitada por adolescentes a los que recogen completamente ebrios con pala, incluso en cierto portal de Downing Street – por no hablar de una buena parte de nuestros obreros británicos afiliados al Frente Nacional que no dudarían en partirle las piernas a cualquiera que pusiera evidencia la empresa para la que trabajan–, todo lo cual lo cito, señor director, sin ánimo alguno de presionarle para que publique esta carta en una página preferente del periódico que usted dirige pero lo mismo podría no hacer.

Pues bien, a lo largo de estos veinte años nunca me había sentido tan ultrajada como hace unos días. Reconozco también mi parte de culpa, al haber accedido en un impulso que no se como calificar, acaso solidario, estúpido en todo caso, a facturar un billete en la clase económica. Es curioso pero desde que los negros– y si ser políticamente incorrecto es llamar a las cosas por su nombre– con el presidiario Mandela al frente, gobiernan Sudáfrica, los beneficios de la mina de diamantes se han reducido. Yo tengo una hipótesis al respecto, y es que nuestros envalentonados trabajadores, todos ellos, repito, de color –negro–, sisan pequeñas piedras, y eso explica que en las casas de algunos de ellos disfruten incluso de agua corriente, cuando en una situación de crisis lo recomendable es apretarse el cinturón y dejarse de lujos innecesarios, como yo que, ejemplarmente, renuncié a mi pasaje en primera clase.

Pero de ahí a que me colocaran a uno de ellos, ¡a un negro!, en el asiento contiguo, va un abismo por el que se despeña todo nuestro sistema de valores.

En un principio supuse que se trataba de un error, y ni siquiera se como fui capaz de aguantar la respiración por no contaminarme no sólo con el repulsivo olor corporal que despedía mi ofensiva compañía sino con los anticuerpos del SIDA de los que a buen seguro estaba infectado, antes de llamar la atención de una de las azafatas, que dicho sea de paso, más que azafata parecía una pilingui, con perdón, excitando, para más inri, los instintos de animal del negro con los voluptuosos contoneos que acompañaban las indicaciones para colocarse el chaleco salvavidas; o eso, o que no usaba la lejía del anuncio de la BBC, pues a través de un desgarrón en una de sus axilas asomaba el nacimiento de uno de sus pechos.

—Señorita, esto no es de recibo –protesté cuando ya era evidente que nadie se apercibía de la equivocación

—¿Cuál es el problema, señora?

—Pero ¿no lo ve? –señalé al negro–. Le ruego me cambie inmediatamente de asiento.

La azafata, tras ausentarse durante unos segundos pareció acceder rápidamente a mis legítimas reclamaciones.

—Señora, como yo sospechaba, no hay ningún lugar vacío en clase económica. Conversé con el comandante y me confirmó que tampoco hay lugar en ejecutiva. Pero sí tenemos un lugar en primera clase. Es totalmente inusitado que la compañía conceda un asiento de primera clase a alguien que está en económica, pero dadas las circunstancias, el comandante consideró que sería escandaloso que alguien sea obligado a sentarse al lado de una persona tan execrable.

Todo parecía correcto pero finalmente mis sospechas terminaron por confirmarse: aquella chica no era en realidad una azafata sino una pelandusca, pues, sorprendentemente, a continuación se dirigió al negro en los siguientes términos:

—Si el señor me hiciera el favor de tomar sus pertenencias, el asiento de primera clase ya está preparado.

Creo que no es necesario añadir nada más.

Sirva esta carta como aviso a navegantes, o aeronavegantes, o como quiera que se diga en estos casos.

Postdata: En cuanto a la impronunciable compañía si siguen con esa política después que no se quejen cuando alguno de esos comandos terroristas de palestinos, chechenos y demás, –que casi es como si fueran negros– les secuestren uno de sus aviones.

(Based –según dicen– on a true story)


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