2010/07/14

Momentico y Pobre de Mí


 Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
que, al igual que otros publicados en este blog,
tuve el honor de ilustrar.
En el caso que nos ocupa, coincidía su publicación
con el fallecimiento de Charles M. Schulz, de ahí el toque.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Los sanfermines no terminan cuando los cientos de velas comienzan a vertir sus lágrimas de cera en la medianoche del día 14, el día del “Pobre de Mí” y las imágenes retorcidas tras la llama van extinguiendo sus distorsionadas, esperpénticas figuras al tiempo que el fuego se apaga. Todo ha empezado a terminar por la mañana, tras el último encierro, con los curriquis que desmontan el vallado, un complicado puzzle de maderas marcadas que sólo ellos saben encajar y desencajar y que sin embargo desmontan en un santiamén. (es algo extraño, porque por el contrario, su instalación se hace con un mes de antelación al chupinazo, cabe pensar, por tanto, que no como medida previsora sino, impulsada por la impaciencia).

Cuando el vallado se retira el pamplonés sabe que debe de hacer un último esfuerzo, sacar energías de los fondos reservados y dilapidarlas quizás, esa misma mañana, con un último almuerzo. O tal vez con el primero. Las mañanas sanfermineras son por lo general algo desconocido para el noctámbulo, un mundo indómito en el que se adentra despistado y deambula cual alma en pena, completamente desajustado al estado físico y mental del resto. Los rezagados son probablemente los personajes más desternillantes de los sanfermines, con sus voces rotas por el tabaco y el vino, los titos que han ido recogiendo, comprando a lo largo de la noche colgados de la faja, de las orejas, y su comportamiento etílicamente iluminado. Se dice que a cada persona le llega en algún instante de estos nueve días el denominado “momentico”, que viene a ser algo así como el cuarto de hora de fama de Warhol. El “momentico” es una especie de aparición mística, en el que el que lo protagoniza se convierte, lo convierten las circunstancias ambientales, el alcohol, y también un factor desconocido, arcano y caprichoso, en el tipo más ingenioso, más divertido del universo. Una vez vuelto a la realidad es inútil tratar de invocarlo de nuevo, como lo es hacerlo a priori. El “momentico” es imprevisible, si bien frecuente entre los que estiran la noche, y también resulta a la larga algo incómodo para los acompañantes del iluminado pues se encuentran en distinta frecuencia. Por eso los rezagados suelen pulular solos y sin rumbo, adimirándose de las mesas que se colocan en el centro de las calles y en las que almuerzan cuadrillas enteras, de los kilikis que les golpean con la verga, con perdón, en definitiva de esos ignotos para ellos sanfermines de día.

Y así poco a poco se va acercando la hora del “Pobre de mí”. Resulta curioso pero muchos de los portadores de velas y de los que acuden a la Plaza del Ayuntamiento, el mismo lugar en que 9 días antes comenzaran las fiestas, son con probabilidad y aunque simulen encontrarse afectados, quienes más desean que la locura toque a su fin: padres y madres de familia, con sus niños, a los que han debido llevar un día sí y otro también al circo, las barracas, los festivales infantiles, los gigantes y cabezudos…, mayores que ya no están para muchos trotes, amantes de ambientes más relajados. Ellos están allí en realidad no lamentándose sino celebrando el “Pobre de mí”, en tanto que las peñas se reúnen en la plaza del Castillo, como si quisieran hacer oídos sordos al mensaje de la alcaldesa que dará por terminados los sanfermines, y otros muchos continúan apurando los últimos tragos en los bares, las calles del casco viejo…

Con todo el bajón es esa noche considerable y sólo los más irreductibles aguantan hasta el denominado encierro de la villavesa, un sucedáneo del auténtico y en el que los toros se sustituyeron en su origen por la primera villavesa, o autobús público que hacía ese recorrido, y después, eliminada esa línea, por cualquier vehículo que osara asomarse al amanecer a la cuesta de Santo Domingo. Sólo cuando el último de estos corredores de fondo –pues por lo general los del encierro de la villavesa son la flor y nata, los que más excesivamente y sin tregua han exprimido el zumo a las fiestas–, se retire a su casa algo abochornado entre los ciudadanos que han recuperado el pulso vital de la ciudad, de nuevo mojigata, serena, como si en ella no hubiera sucedido nada, cuando el último sanferminero se acueste en su cama y ronque alcohol, babee los recuerdos de los días y las noches pasadas y comience a rumiar las posibilidades de los del próximo año, sólo entonces habrán acabado y a la vez habrán dado inicio los siguientes sanfermines, éstas que,definitivamente, si “son unas fiestas sin igual”, pues existen tantas como personas las gozan, las sufren, en suma, las protagonizan.



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