2010/06/22

Akelarre

 Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Aquella era la noche más corta del año así que “no hay tiempo que perder”, pensó Iratxe. Cada chisporreteo que masticaban las lenguas de fuego de las hogueras era una oportunidad que se consumía. Cada sombra que multiplicaban monstruosamente las paredes de las cuevas, allá en Zugarramurdi, un remordimiento…

Iratxe estaba adorando al diablo, en un círculo por el que rulaban katxis de kalimotxo como sangre fresca y canutos cuyo humo dibujaban zoofílicas figuras, de brujas y machos cabríos copulando, cuando entre la marea de cabecitas que se agitaban en las galerías distinguió a su nuevo peluquero.

Hacía tan sólo unos días una amiga se lo había recomendado y ella se encontró con un chico moreno, de pestañas largas que envolvía unos ojos verdes y con una sonrisa encantadora que le volteó el corazón y las hormonas. Se sintió un poco ridícula, temblando como una flor que explotaba, cada vez que el estiraba de su cabello con un firmeza dulce, o cuando acercaba su boca, hasta sentir su aliento cálido, para igualarle un mechón, pero no pudo evitar fantasear pensando que él hacía lo mismo en un lugar más intimo, que tensaba su cuello estirándole de los cabellos y lo besaba, y le decía “eres hermosa”. Dejó, incluso, que su imaginación se desbocara, acariciándose bajo el cubridor que él había extendido sobre su cuerpo. Lo hizo con una disimulada delicadeza, pero tuvo el presentimiento de que él se dio cuenta, pues cada vez que su cuerpo le rozaba sentía el pálpito de su corazón bajo los pectorales de atleta o los del animal que se agitaba voraz entre sus piernas. Estuvo segura cuando llegó a casa y vio su espantoso corte de pelo, impropio de un profesional concentrado en su trabajo. Se arripintió entonces de haberse despedido fríamente, de no haberle siquiera sonreído, o brindado algún guiño que sellara aquella voluptuosa complicidad.

Ahora, sin embargo, el peluquero estaba allá, entre una multitud desinhibida, que bebía, bailaba, y a ella el alcohol y el hachís le habían envalentonado, de modo que partió en busca de su fantasía. El alcohol y el hachís le habían envalentonado demasiado, en realidad, y se apartó de su grupito tambaleante, perdiéndose entre una marea humana que le hacía desembocar en un riachuelo a cuya orilla varios sátiros le mostraban sus penes y las prolongaciones arqueadas de su orina, como doradas y venenosas culebritas de agua que se zambullían en aquel “Infernuko Erreka”, y hacían saltar de debajo de las piedras a decenas de sapitos, ensombrerados con diminutas txapelas y calzados con katiuskas rosas. Uno de ellos brincó hasta su boca pero Iratxe se revolvió entre arcadas y cuando estaba a punto de desvanecerse sobre aquel infierno de vómitos y pis, alguien le sostuvo entre sus fornidos brazos. Y fue como si hubiera escupido a aquel sapito asqueroso convertido en un príncipe azul, porque ese alguien era su peluquero.

Aquella era la noche más corta del año, recordó ella, de modo que sin pensárselo se volvió y lo besó en la boca, y después se desvaneció envenenada por un filtro de amor compuesto de nicotinada saliva y ansia emborrachada.

Voló entonces a lomos del esqueleto de un murciélago ciego, que se quebraba las alas golpeándose contra las esquinas de su mente alborotada, hasta un prado cercano, en el que los espíritus de las brujas se reavivaban desde las hogueras en las que fueron sacrificadas convertidas ahora en parejas de amantes que las vengaban a caderazos. Ellos mismos eran una de esas parejas. Fue él quien la besó en esta ocasión, y lo hizo en el cuello, retirándole los cabellos, y le dijo “eres hermosa”, y sustituyó sus caricias bajo el cubridor por una mano que igualaba los flequillos de sus terminales más nerviosas, y los peinaba después con la espuma de su esperma, hasta que no quedó un solo trasquilón en su corazón.

Le despertó de aquel sueño, horas después, el frío de su propio sudor y la caricia húmeda del rocío. Él dormía frente a ella, a sólo unos milímetros. Su aliento olía como una alcantarilla del infierno y en su nariz danzaban cientos de poros negros. Los príncipes azules no existían. Las fantasían morían en cuanto se hacían realidad. Y a lo lejos, se escuchaba cantar un gallo, mientras despuntaban los primeros y cálidos rayos de un nuevo verano.


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