2010/08/27

Diario de un parado


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Querido diario: esta mañana, como todas las mañanas, había prometido levantarme a las ocho pero no se que pasa, es como si el colchón tuviera unas manos invisibles que me amarran a él, por muchos despertadores que ponga, así que el día, todos los días, empiezan ya chungamente, con sentimientos de culpabilidad, desesperanzados.

“Al menos, da una vuelta, no te quedes en casa”, me he dicho, y he salido. Debía de notárseme mucho que no he desayunado porque una vez en la calle se me ha acercado una periodista con una alcachofa y me la ha plantado en la boca: “¿Qué opina del día sin coches?”, me ha dicho. Yo no he contestado nada, porque no sabía, todos los días es el día de algo, aunque me lo he creído y he cruzado el paso de cebra sin mirar, pero entonces se me ha abalanzado un coche como un león, un zampacebras, o mejor como una hiena, a juzgar por el chirrido de sus frenos, un carroñero, en definitiva, que querían merendarle unas décimas de segundo a su vida acelerada. Hubiera sido curioso morir atropellado el día sin coches, quizás por un día alguien se habría interesado por mi, hubiese salido en los periódicos, en la sección de noticias raras, en un recuadrito al lado de Moussambani, el nadador olímpico guineano que hace unos días casi se ahoga. Cuando lo vi por la tele sentí una sensación extraña, una mezcla de rabia y vergüenza ajena. Se me saltaban las lágrimas, y no sabía si era de la risa, o de impotencia. Todavía no me lo explico muy bien, tenía la impresión de que aquello quería decir algo, pero no se qué.

Quizás encontrara la respuesta en la “Feria de las naciones”, un recinto con tenderentes al que he llegado después de continuar esquivando insolidarios coches, y también a un tipo que se había quedado como sin pilas en mitad de la acera. Pero tampoco: tenía la impresión de haber visto eso ya muchas veces, y no notaba demasiadas diferencias entre un puesto de Mongolia, el de Unicef, que también lo había, y uno de un señor de Cuenca que vendía sartenes en los que los huevos se podían freír sin aceite. “Es la globalización”, le ha dicho un chaval con rastas a una chica con la cabeza pelada. Se parecían mucho a los que andan por Praga estos días. Tampoco entiendo del todo la protesta “s26”, es como con Moussambani, se que quiere decir algo, pero no consigo entenderlo, como si esos grupos también estuvieran globalizados en su rebeldía, y no se si eso es bueno o es malo.

El mundo me resulta tristemente confuso. Al salir de la Feria, el tipo de la acera todavía permanecía plantado en ella, inmóvil, como ausente. La gente pasaba a su alrededor, y había los que lo rodeaban, ignorándolo y los que lo hacían riéndose. Pero nadie se paraba a preguntarle si se encontraba bien. Yo tampoco lo he hecho. Tenía miedo de que se tratara de una cámara oculta. Después he pasado por la puerta de un colegio que parecía un cárcel, con su gran verja, a cuya puerta había un hombre y no he sabido si era un pederasta que se acariciaba el cerebro al fondo de los bolsillos de su chandal o sólo alguien que intentaba limpiarse por dentro con las risas de los niños.

Por la tarde, en casa, panzada de periódico con Olimpiadas de fondo, en la tele. Los deportistas españoles siempre son los mejores, los favoritos. No puede ser de otra manera. En su país todo va bien. En él es impensable que sucedan casos indignantes como el del famoso bailarín que fue retenido, golpeado, humillado en un aeropuerto norteamericano. Los deportistas españoles siempre son los mejores, los favoritos sólo hasta que comienzan las pruebas. Hace unos meses un guineano, como Moussambani, murió en una comisaría española. Y una niña marroquí en un servicio de urgencias que no la atendió a tiempo. La ministra, ¡dios santo!, dijo que la culpa era de la madre. El ministro de interior ni siquiera ha dicho nada sobre el guineano.

En fin. Los periódicos casi siempre traen las mismas noticias. Los días son casi todos iguales. Mañana, como todas las mañanas, intentaré levantarme a las ocho e igual vea las cosas de otra manera.


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