2010/09/10

Brindis por la guerra nuclear


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Señor juez: una vez leí que en Dinamarca intentar fugarse no agrava las penas, no es un delito. Y pensé que los daneses eran gente legal: que un preso intente fugarse es su obligación. El delito sería no intentarlo.

A usted no le pido que lo entienda. La libertad, aunque no lo sepa, también es su deber, pero este es un mundo de esclavos y de canijos que sacan pecho para que se les vea la placa, o la cartera, en lugar del corazón. Detrás de los muros de las prisiones hay otros, millones de celdas con invisibles barrotes catódicos, el televisor, internet, en las que se sirve un rancho de pan y circo, de hamburguesas y fútbol, y se condena a trabajos forzados a cambio un carrito para el hiper y una papeleta cada cuatro años.

Acaso, de poder entender algo, sería lo otro, lo del guardia al que atropellé. Supongo que, incluso siendo juez, sabrá algo sobre el amor, ese motor del mundo que a menudo nos lleva a lugares indómitos, que nunca imaginamos; al menos que su ausencia nos vuelve fríos, escépticos, casi inhumanos; es decir perfectamente dotados para hacer juicios.

Mi nombre es Miguel Babujal, camionero, y conocí a Laila, en un club de carretera. Reconozco en mi ese vicio denigrante con el que me vacuno contra la soledad. Se que está mal y supongo que un hombre debe de ser honesto consigo, mirar dentro de si alguna vez sin excusas, ni treguas, pero lo que desconozco es exactamente el significado de esa palabra: honestidad. ¿Qué es lo honesto? ¿Actuar como uno es en el fondo de su corazón? ¿O cómo debería ser? ¿Qué sucede cuando uno mira dentro de si y sólo descubre cadáveres tirados en mitad de un descampado?

Yo creía que era un ser desahuciado para el amor. Nunca nadie se ha esforzado lo suficiente para quererme, y es lo justo, porque yo nunca me he entregado por completo, por puro pánico a decepcionar, a traicionar (mi vida ha sido una sucesión de traiciones y huidas), a mostrar esas zonas oscuras de mi alma.

Pero cuando conocí a Laila, todo cambió. Me enamoré de los caracoles azules de su pelo, incluso antes de que se deslizaran lentamente sobre mi pecho desnudo y palpitante, de su piel hermosamente tostada por el sol ensangrentado de Argelia, de los risueños hoyuelos en sus mejillas, en los que a pesar de la vida de perra apaleada que llevaba, se escondían tesoros que parecían brillar sólo para mi, … No podía soportar la idea de que pasara un sólo día más de su vida en el que alguien le hiciera daño, un día más encerrada, tal y como ella me confesó, contra su voluntad en aquella sórdida habitación. Aquella misma noche volví al club, con el bate de beisbol que escondía bajo el asiento del camión, y me volví loco de amor y de remordimientos: cada golpe que daba a uno de aquellos tipos era como si rompiera un pedacito de mi mismo. No me costó demasiado sacar a Laila del club, montarla en el camión y hundir toda mi rabia sobre el pedal del acelerador. Fue el comienzo de esta larga huida. La vida de Laila también había sido una sucesión de fugas y traciones. Huyendo del hambre y del chador había sido traicionada por quienes le vendieron un futuro al otro lado del mar, y ahora pagaba cara la deuda cada noche a hombres a los que el corazón nos colgaba de los testículos. El día que, en aquel control, nos echaron el alto, volví a sentir la misma rabia, pues el guardia que trepó y se asomó a la cabina, malencarando a Laila, también era cualquiera de aquellos tipos a los que se la traía floja (quizás esta no se la expresión más adecuada para la ocasión) que ella fuera una “ilegal” cuando paraban en el puticlub. Pero sobre todo, señor juez, lo que me llevó a golpearle, haciéndole caer al suelo, bajo las ruedas y atropellarlo fue el terror de perder a mi amor, lo único grande que he descubierto en este mundo de insectos y esbirros.

Quería que lo supiera, que lo único que encontrará cuando tiren abajo la puerta de mi casa será esta confesión, y que si su obligación es la de juzgarme, la mía es de escapar, de la cárcel y de esa otra gran cárcel invisible detrás de los muros, escapar lejos, más lejos incluso que Dinamarca, a un lugar en que Laila y yo podamos brindar por la guerra nuclear, por que todo explote a nuestro alrededor y sobre el planeta sólo quedemos ella y yo.


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