2010/09/22

Cimarrona


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Ante los rumores surgidos en los últimos días, a raíz del cacareado caso del negro de una presentadora de programas rosas cuyo verdadero nombre, un secreto a voces, es Rojo –al final, semejante mezcla de colores acaba por adquirir una tonalidad marrón, tirando como a mierdosa–, rumores que dejan con el culo al aire, por seguir con el tono escatológico, a una toda una hornada de nuevos valores literarios– porque mira que hace falta valor…–, me adhiero a la revuelta negra, salgo del armario, me echo al monte cual cimarrona de la pluma, y confieso que yo, de nombre Soledad, tal y como consta en mi EHNA (la verdad es que me la suda, con perdón, cualquier carnet, cualquier documento, que me reduzca a un número, pero ya puesta –como dirían Los Rodriguez “me gustan los problemas, no encuentro otra explicación”– voy a ser un poco desobediente y a identificarme con éste en detrimento del DNI, donde además aparezco retratada tras una gau-pasa criminal, con unas ojeras con las que tropezaba a cada paso camino del fotomatón) que yo, decía, soy quien realmente perpetra esta columna semanal.

Lo cual si que tiene mérito, pues al menos el “negro” de Ana Rosa Quintana, dicen, se ha levantado medio kilo, y eso sin ni siquiera despeinarse, limitándose a componer un collage de párrafos ajenos, en tanto que a mi, que cada semana me estrujo la neurona tratando de ser original, el arriba firmante, tardaría en pagarme una cantidad como esa las siete vidas del gato pelado que es. Por no decir que es triste ser la negra de alguien a quien nadie conoce, a quien ni siquiera le ponen una foto, una caricatura junto a su columna, además de tratarse de una situación absurda, que después intentaré explicar.

Antes quisiera hacer un par de precisiones: en primer lugar, a diferencia del caso que nos ocupa, en el que un hombre ha hecho el trabajo sucio, nunca mejor dicho, y una mujer ha dado la cara, a lo largo de los siglos afirmo que ha sucedido a la inversa, y que más de un genio se tambalearía en su pedestal si “Interviú” fuese capaz de resucitar y entrevistar a sus allegadas; y denuncio además que en el caso de que incluso se le hubiese negado a la mujer ese papel a la sombra (quiero pensar que es de ahí de donde viene el término negro, que no hay en él connotaciones racistas –a veces soy de un ingenuo…–) la cultura ha sido hasta hoy una disminuida, solo una mitad de si misma.

En segundo lugar, si bien tomo parte en ella, reconozco que esta polémica se ha sobredimensionado: los artistas tienen los ombligos más grandes del mundo, pues éste está repleto de negros, entendiéndose por tales ciudadanos anónimos, a la sombra, personas que trabajan duro y a las que nunca se les reconoce, mientras otras se limitan a poner el nombre, en este caso la marca comercial, y a recoger la mayor parte de las ganancias (supongo que en este caso quitarse la careta, como hizo el negro de Ana Rosa, sería el sabotaje industrial, y salir del armario la revolución obrera)

Hechos estos dos incendiarios incisos, trataré de explicar que sentido tiene que un pobre diablo como el presunto autor de este DIA D HORA H recurra a una negra.

En parte tiene que ver con lo expuesto anteriormente, con los ombligos de los creadores, quienes creen que contar, cantar, pintar las pelusas que en ellos se alojan constituye algo sublime, algo que los eleva sobre el resto de los mortales, cuando lo cierto es quien así se expresa es solo una de las decenas de personalidades distintas que, en una especie de esquizofrenia a lo bestia, componen todo ser humano, y que lo hace sólo para prestarles una escapatoria, una llamada de auxilio, al resto, en su mayoría detestables; en definitiva, un negro que rellena los baches de las carreteras sinuosas que conducen hasta un corazón que palpita asustado y podrido.

Confieso, pues, y dejando para mejor ocasión lo que este episodio revela respecto a la podredumbre del “Planeta” editorial y a la miseria cultural gobernante (esa foto de Ana Botella presentando el pufo De Ana Rosa), confieso, digo, ser la negra de mi misma. Que conste en acta.


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