2010/10/13

Gatillazo


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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—Tranquilo, hombre, a todos nos pasa alguna vez –intentaba consolarme mi colega. Su voz me llegaba a duras penas, abriéndose paso como un piloto suicida a través de la niebla nicotinada del garito en el que, desde hacía horas, nos reponíamos de los reveses de la fortuna con bebidas “isogintónicas”, como él las llamaba, y, sobre todo, a través de la otra niebla, la psicotrópica, que se había cernido sobre el páramo de mi cabezota.

Durante todas las semana no había habido nada que consiguiera disiparla. Nadie que consiguiera ponerme de pie. Dicen que a todos les pasa alguna vez, pero para mi era la primera. Mi primer gatillazo. El terrible bloqueo del escritor.

Nunca me había asustado la piel trémula, limpia, del folio en blanco, pero ahora me sentaba frente a la pantalla del ordenador y éste le contagiaba a mi mente su leve zumbido y su luz monótona, su inteligencia pánfila de máquina. Las historias que le dictaba eran frías, despojadas de sensibilidad. Quizás se debiera a que llevaba demasiado tiempo sin enamorarme. Quizás no. Yo escribía precisamente para que me quisieran, para que se enamoraran de mi, y lo hacía mejor cuanto más lo necesitaba; quizás fuera la rutina demoledora. A todo se acostumbra uno, incluso a la soledad. Basta con empezar a odiar a todo el mundo, que es una forma retorcida del amor.

Otro de los motivos por los que escribía era para que me invitaran a gintonics. Como mi colega. Un buen colega. No sólo me había pagado las copas sino que me había propuesto varias ideas para solucionar mi impotencia creativa.

—Podrías hablar de un tío que secuestra a un académico de la lengua y le obliga a oir durante horas discos de Extremoduro.

Por ejemplo.

Pero conforme lo hacía sentía cómo el alcohol las devastaba, cómo a la mañana siguiente sólo quedarían de aquellas historias unas cenizas, insuficientes incluso para un ave fénix.

Después la voz de mi colega también se extinguió en aquel infierno de alcohol, y yo me quedé atrapado en el cerco de mis propias cavilaciones, que en ese momento se reducían a como sofocar las lenguas de fuego que trepaban desde mi estómago de una forma más decorosa que regurgitando mi isogintónica energía.

Me dirigí, pues, al baño, y mientras purgaba en él mis penas me fijé en las pintadas que adornaban las paredes. La mayoría de ellas eran demasiado obvias, y de mal gusto, pero precisamente por eso destacaban otras, sentencias: “la vida es como el palo de un gallinero, corta y llena de mierda” (los baños, sobre todo los públicos, son un buen lugar para filosofar, pues en él se igualan en su insignificancia todos los seres humanos), poemas de retrete : “En el tobogán de la vida/me despellejo el culo/todas las mañanas”…

Pensé que aquel sería un buen lugar para encerrar al académico de la lengua, que la poesía se parecía más a eso, o a una canción de Extremoduro, que a las vivisecciones a las que él la sometía con el bísturí de la métrica y el sesudo análisis de las figuras retóricas.

Aunque en realidad a nadie le importa la poesía. Nadie la leía ya. Lo había escuchado en las noticias, después del guión habitual: algún atentado, algun bombardeo, algún partido de fútbol… ¿Que se podía esperar de un mundo en el que los propios académicos de la lengua asesinaban la poesía? Ya ni siquiera las respuestas esperazadas de los niños, en el día mundial de la infancia: “el futuro es nosotros en el cielo viendo la guerra”, dijo uno de ellos, también en las noticias; o quizás era otra de las frases garabateadas con excrementos en la pared del baño; o sobre el polvo de mis surcos cerebrales.

No lo sabía. Lo único que sabía era que después de vomitar me había quedado limpio y tranquilo, y que al tirar de la cadena también se habían ido por el desagüe todos mis terrores. Problablemente a la mañana siguiente no recordara nada de todo aquello, pero no olvidaría que siempre hay una historia que contar, y si no (“no pasa nada, hombre, a todos nos pasa alguna vez”) una historia para contar que no se te ocurre nada que contar.


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