2010/10/27

Pobre niña rica


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Cuando aquella mañana, todavía medio dormida, abrí la ducha, el grifo sólo eructó un escupitajo de agua estancada, que se retorció como un insecto moribundo en la bañera para escurrirse finalmente por el desagüe. No parecía un presagio muy esperanzador para aquel que debía ser mi gran día. Esa tarde era la inauguración de mi exposición, en la cual había trabajado hasta últimas horas de la noche anterior, al borde del agotamiento físico –ni siquiera me restaron fuerzas para ducharme, para quitarme las salpicaduras de pintura y el olor corporal que se me adhería casi como otra piel– y ahora, precisamente ahora, me cortaban el agua.

Llevaba varios meses viviendo en aquel pequeño estudio, y hasta entonces, aunque a trancas y barrancas, había sacado adelante mis facturas. Me había prometido, orgullosamente, no pedir un triste euro a mis padres, demostrarles que podía ganarme la vida con la pintura, que ésta era algo tan serio –porque para ellos algo serio era algo que fructificaba en dinero– como el futuro que ellos habían diseñado para mi, pero me temía que si me presentaba de aquella guisa en la inauguración no conseguiría vender un cuadro, que nunca volverían a darme el agua.

Decidí, por tanto, ducharme en el Club de Tenis. Aunque ya nunca iba por allí mis padres seguían pagando mis cuotas, conservando mi plaza convencidos de que ese era el lugar que me correspondía y que algún día regresaría a casa con el rabo entre las piernas, a mendigarles su puesto en la dirección de la fábrica de papá.

Hacía tanto tiempo que no paraba por el Club que todo estaba cambiado. Habían construido nuevas instalaciones que se amoldaran a los tiempos –pistas de paddel, etc– y al intentar entrar al vestuario me equivoqué de puerta. Fue entonces cuando apareció aquella mujer, y al verme forcejeando con la manilla, se giró y me encañonó con su mirada de sabueso, como si fuera una delincuente. Sentí una rabia terrible, no porque ella me hubiera juzgado de esa manera, más bien por qué le había llevado a hacerlo: mis desaliñadas pintas, sucia, despeinada… Entonces creí que odiaba a aquella mujer, que era la personificación de la ruindad pero sólo pude darme cuenta de hasta que punto era cierto cuando, una vez duchada y vestida, al buscar una bolsa de plástico en la que introducir las chanclas mojadas, cometí el error de confundir una vacía con otra en la que alguien había introducido sus objetos personales: la cartera, las llaves… Justo en ese momento entró al vestuario la mujer, acompañada de un guarda jurado, y me señaló.

No pude evitar ponerme nerviosa, como si yo misma creyera que estaba haciendo algo que no debía. No tenía por qué, pero intenté explicarme, consiguiendo sólo farfullar incongruencias y empeorar de esa manera la situación. Cuando el guarda jurado me agarró por el brazo y me pidió que le acompañara, no pude evitarlo, me zafé de él y golpeé a la mujer. Casi inmediatamente la sangre brotó como un petirrojo que se posaba sobre su pechera y comprendí lo estúpida que había sido. Le había golpeado porque me indignaba que sus ridículos prejuicios, su canija mentalidad, hubieran puesto en peligro todos mis sueños, y al hacerlo era yo misma quien los colocaba contra las cuerdas, quien contribuía al absurdo malentendido.

Me dejé conducir con una amarga resignación a la comisaría, como si fuera inútil luchar contra el destino: yo nunca lograría vivir de mis cuadros, ya tenía mi carnet del Club de Tenis y no podía renunciar tan fácilmente a él. Pasaron varias burocráticas horas. Me imaginaba a mis padres en la exposición, avergonzados por mi incomparecencia, pero a la vez regocijándose en su interior de mi fracaso, del pánico que me había llevado a eludir aquel compromiso y que me colocaría donde debía, en un lugar seguro como la empresa de papá.

Después me introdujeron en un calabozo, junto a otra chica, de aspecto punk.

—¿A que no sabes por qué me han ligado?– me preguntó, con un tono desafiante, como si, una vez aseada, me reconociera como uno de ellos.

—Por tirar piedras a las ventanas de los ricos– dijo.

Sentí ganas de abofetearle, como a la mujer del vestuario. Yo estaba allá encerrada mientras mi vida se convertía en el humo de un cigarro que se fumaba un dios caprichoso, encerrada injustamente, y a ella aquello le parecía un juego.

—¿¡Por qué?!– me conformé con gritarle.

—No lo se, pero ellos seguro que si– contestó.

Una buena respuesta. Pensé que tal vez yo debiera comenzar a hacer lo mismo, pero me pregunté si no estaría tirando piedras contra mi propio tejado.


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