2010/11/30

Consulte a su bibliotecaria


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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El lector guardaba cola en el Servicio de Préstamo de la Biblioteca, mientras en la noria de su mente daban vueltas una serie de preguntas insustanciales, de esas que nunca interesan a los tertulianos: ¿preocupa en Africa el mal de las vacas locas, o es solo un cagadita de mosca pija y europea en comparación con el genocidio provocado allá por el SIDA? ¿cómo es que la legislación de menores permite poner en la calle a dos chicas que en Andalucía matan a una tercera y encarcela durante catorce años a quien en Euskalherria se le acusa de quemar un cajero?¿Se habría lesionado Miguel Sanz mientras preparaba un partidillo de paddel contra Jose Mari en el que se apostarían –aunque ya se sabe que al jefe hay que dejarle siempre ganar– el desmantelamiento del polígono de tiro?…

De vez en cuando las cavilaciones del lector se veían interrumpidas porque debía agacharse para que alguien consiguiera abrir uno de los ficheros (y no es que éstos fueran kilométricos, más bien se trataba de que el espacio era milimétrico), o porque le llegaban los efluvios desde el sobaco de algún otro apestado, pues así era como se sentía el sufrido lector, dentro de aquella mazmorra en las que los usuarios se veían obligados a pagar su castigo por intentar ilustrarse por su cuenta y encima de balde, en lugar de quedarse en casa “peperviueando” el partido del siglo de cada semana, o comprometiéndose, si quiero t.v., para siempre con las plataformas digitales que le ofrecieran conexión a todas horas con “El Bus”, no fuera a ser que alguien se perdiera la fase REM del sueño de Vanesa-Piluchi, captada habilmente por la cámara de infrarrojos…

Sin embargo, a pesar de que conseguir un libro en préstamo se hubiese convertido en un sórdido trapicheo dentro de cuchitriles medio subterráneos, el lector se sentía a salvo en aquella diminuta burbuja dentro de un mundo de listos que se colaban en la parada del autobús, o aparcaban en los pasos de cebra con rebaje para disminuidos físicos. Allá por el contrario todos guardaban educadamente su turno. La biblioteca era un oasis en mitad de un desierto de malas formas, en el que todos gritaban y se enfadaban y eran bordes con pedigrí. Las bibliotecarias, por ejemplo, a pesar de encontrarse desbordadas, atendían con amabilidad, se armaban de paciencia para solucionar las dudas de los usuarios a los que les había sobrepasado la era de la informática… El único reproche que podía hacerles nuestro lector fue aquella ocasión en que una de ellas preguntó en voz alta: –A ver ¿para quien era “La máquina de follar”?, pero hasta eso podía perdonarles, pues por Bukowski estaba dispuesto a soportar cualquier humillación.

Aquel día, no obstante, le sorprendió por primera vez escuchar en aquel lugar como primero alguien levantaba la voz, como después el resto de usuarios comenzaba a perder los nervios y cómo finalmente la bibliotecaria se descomponía, tornando su disponibilidad en un torrente de lamentaciones.

—¿¡PERO CÓMO QUE NO PUEDO DEVOLVER EL LIBRO!?– se elevó la voz de un tipejo que hasta entonces había sido como un ruidito de fondo, al que le hacía eco otra, la de la bibliotecaria, que decía: –porque esas son las normas, no puedes devolver el libro el mismo día que lo has cogido.

—A VER, EL LIBRO DE RECLAMACIONES– exigió el alborotador, y al tiempo que la bibliotecaria se lo extendía ella misma aprovechó para exponer sus propias quejas.

Y nos contó que la Dirección de Cultura estaba permitiendo que se echara a perder buena parte del patrimonio bibliográfico, “como en Estella, donde tienen los fondos almacenados en una bajera del barrio de San Pedro, lleno de goteras”, dijo “aunque eso si el efecto 2000 lo superaron con sobresaliente, más que nada porque la mayoría de las bibliotecas están sin informatizar, por ejemplo la de Los Arcos, recién inaugurada y sin un triste teléfono o una máquina de escribir”; y nos contó también que a nadie le importaba, que los jefes lo ocultaban, más preocupados en medrar que en los avatares de cuatro libracos…

—Así que no me vengas tú ahora con tonterías– concluyó dirigiéndose a su interlocutor, quien azorado, se retiró con el rabo y el libro que no había conseguido devolver entre las piernas

También fue aquel día el primero en que nuestro protagonista, después de tantos años enganchado al denigrante vicio de la lectura, escuchó en el Servicio de Préstamo como los usuarios prorrumpían en un aplauso tan estruendoso como merecido. Un aplauso de libro.


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