2011/09/15

El pan nuestro de cada día


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
que, al igual que otros publicados en este blog,
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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Zarraluki es un pueblo pequeño, situado en lo más profundo del corazón de un valle de alta montaña, hasta el que sólo es posible llegar a través de carreteras secundarias, caminos o pistas forestales que se retuercen y estrechan como una maraña de lombrices. Cada lunes, si el pueblo no ha quedado aislado por la nieve, una furgoneta recorre el valle y reparte el correo, los periódicos… En Zarraluki el atentado de las Torres Gemelas ocurrió el 17 de septiembre, pero el pan que comen es calentito, crujiente, del día. Casi siempre. En Zarraluki hay una panadería, seis niños y una maestra y un panadero que son novios. Casi siempre. A veces esta pareja discute y Txema, el panadero, se encierra en su casa y echa la persiana de su tienda hasta que no se reconcilia con Julia, la maestra. Txema, el panadero, es todo un profesional y no se cree esas novelas de realismo mágico hispanoamericano de segunda hornada en las que se amasan magdalenas con lágrimas, ni que estas después se convierten en animalitos en los corazones de quienes las comen. Txema lo que cree es que su trabajo es muy serio, tan serio que para hacerlo bien debe estar concentrado. Txema sabe que si abriera su tienda cuando discute con Julia su pan no sería el mismo, que necesita equilibrio en su vida para que los ingredientes, el tiempo de cocción, también se equilibren, y que de no ser así sus clientes se sentirían defraudados. En el fondo Txema, sin saberlo, piensa los mismo que esos narradores hispanoaméricanos, y en el pueblo sucede lo mismo que en sus novelas, pues las riñas de esta pareja alteran por completo desde la dieta alimenticia de todos los zarralukitarras, hasta su estado de ánimo.

Por ejemplo a Julia, por su parte, cuando riñe con el panadero se le avinagra el carácter y condimenta con él una ensalada de deberes para los seis niños del pueblo que los extravía por las capitales de Asia o pone a cocer en la cazuela de una división de 11 cifras sus risas infantiles. A los zarralukitarras les gusta oír el eco de las carcajadas de sus seis niños en las calles del pueblo porque cuando Txema y Julia discuten en las calles de Zarraluki, en lugar de esas risas solo se escucha un viento frío que silba como una serpiente venenosa, y dentro de las casas el pálpito, cada vez más lento, de los corazones asustados de los mayores que oyen acercarse en pantunflas a la muerte arrastrando de su mano a sus padres y a los padres de sus padres con su árbol genealógico hecho un hatillo de ramas a la espalda.

La panadería de Txema es, además, bar y estanco y cuando él y su novia discuten los zarralukitarras ni siquiera pueden ver esfumarse todo ese terror en las volutas de un cigarrillo o ahogarlo al fondo de unos vasos de vino, con lo cual, además de oler todos ellos bastante mal –pues la panadería de Txema también hace las veces de ultramarinos, droguería, etc–, las habitualmente cordiales relaciones entre los vecinos se vuelven extrañas, y en cada familia resucitan fantasmas que se sientan junto a la chimenea y cuentan historias de viejas disputas familiares por las tierras o de asesinatos y venganzas en guerras civiles.

En pocas ocasiones, por tanto, una pareja dispone de tantas personas dispuestas a solucionar sus crisis como ésta. Cuando Txema y Julia discuten los zarralukitarras cortan las flores más lozanas de sus invernaderos y las envían a la casa de la maestra, o recolectan la miel más dulce de sus panales y la dejan a la puerta de la del panadero. Txema y Julia saben que son ellos y no su pareja quien lo hace, y a veces incluso hasta les indigna la idea de que su relación afecte de esa manera a tantas personas, que todas ellas puedan asomarse de una manera tan indiscreta a la misma, pero en el fondo se quieren y siempre terminan por reconciliarse, y es de esta manera cómo Txema vuelve a abrir su tienda, y los zarraluquitarras salen de sus casas, y los fantasmas y la muerte en pantunflas regresan a las suyas, y en las calles del pueblo se escuchan de nuevo las risas de los niños.

Zarraluki, en definitiva, es un pueblo que parece pertenecer a otro mundo, pues su vida depende por completo del amor.



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