2011/09/08

Héroes anónimos


Otro relato escrito por Patxi Irurzun 
tuve el honor de ilustrar.
Gracias, Patxi, por permitirme publicarlos.
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El fin de semana acababa de empezar y, en consecuencia, llovía a mares. Otro viernes por la noche frente al televisor. No me apetecía volver a oír eso de ¡Patxiiiiiiiiiiiiii!, una pesadilla, casi peor que cuando los madrileños cuentan chistes de “vagcos”: Oye, Patxi (aquí acento de bilbaino que se hace una chupa con los despojos de su fimosis), así que allá estaba, mirando el único programa que no se emite a cachitos muy pequeños entre interminables bloques de anuncios: Versión española. A pesar de Cayetana Guillén Cuervo, su presentadora; o mejor dicho, a pesar de los amigos de Cayetana. Se sientan en el estudio como si estuvieran en el cuarto de estar de su casa y empiezan a contarse lo guai que es ser actor, la profundidad con que entienden el alma humana, como queda demostrado después en las pelis que protagonizan, todas esas comedias pijas con Jorge Sanz vestido de mujer, o Gabino Diego tocando la guitarra, en fin, la evolución natural de Alfredo Landa corriendo por Torremolinos detrás de un par de suecas.

A pesar de todo “Versión española” también emite de vez en cuando cortometrajes, hacia los que un escritor de cuentos como yo siente cierta afinidad sentimental, pues ambos son géneros menospreciados e infravalorados. Un cuento no es sólo “Los tres cerditos”, amigos, del mismo modo que los cortos no siempre se ruedan para ser de mayor como Almodóvar. A veces también cuentan historias, retratan situaciones, iluminan zonas oscuras y lo hacen, lo tienen que hacer con una concentración y una intensidad que a las novelas o los largometrajes les resulta imposible, como si estuvieras en un laberinto a oscuras y sólo tuvieras una cerilla. Aquella noche en particular, el cortometraje en cuestión era además de animación (lo cual quería decir que si su autor tenía verrugas en la cara, como Almodóvar, nunca ganaría lo suficiente para hacerlas desaparecer por arte de birlibirloque y de un cirujano plástico):

Un tipo –el protagonista del corto– entra al metro, baja por las escaleras mecánicas rodeado por una marea humana de caras malhumoradas, descompuestas… Yo diría que es lunes y su equipo ha perdido de penalti en el descuento. Al tipo, sin embargo, parece no gustarle el fútbol. O quizás sea hincha del equipo contrario. El caso es que todos se colocan al borde del hueco por el que llegará el vagón, al que ya se oye rugir al fondo del túnel. Y de repente nuestro héroe se da cuenta de que unos metros a su derecha una chica se balancea como un tentempie, parece dispuesta a saltar, a echarse a las ruedas del metropolitano. La chica tiene los ojos muy tristes y muy grandes, si uno se fija bien puede ver como en ellos se está proyectando la película de su vida, como dicen que sucede cuando vas a morir: se ve a una niña encogida, temblando sobre una cama, que se orina sobre las sábanas frías cuando un hombre al que el aliento le huele a vino abre la puerta de su habitación; o un corazón picoteado por las viruelas de mil amores canallas; o una habitación vacía, solo ella y una tableta de ansiolíticos… El hombre, que también ve todo ello, se vuelve, se abre paso entre la jauría humana, que le empujan, le clava los codos… Pero él consigue llegar a tiempo, extender su mano y atrapar por el abrigo a la chica justo cuando el vagón cruza ante ella. La chica se vuelve, clava sus enormes ojos en los del hombre. En ellos la película anterior se ha desvanecido, borrada por otra de lágrimas. Todavía no ha llegado el “The end”. El hombre le sonríe, se sonríe a si mismo, cree que solo por ese pequeño gesto toda su vida pequeñita ha tenido una razón de ser. Y, sin embargo, de repente la chica comienza a gritar, a señalarle, hasta que aparecen dos guardias y se llevan al hombre. “The end”. Ahora sí.

Pensé en muchas cosas después de ver el cortometraje. Aquel tipo, por ejemplo. Todos creerían ahora que era es un guarro, el hombre que se asomaba a la puerta de la habitación de la niñita con su respiración envenenada por el vino y el veneno de sus testículos. Pero era un héroe. Quizás un héroe algo entrometido pero un héroe. ¿Cambiaba acaso algo que sólo lo supiera él? ¿Y cuantos héroes más como él, héroes anónimos, había rulando por ahí, en las estaciones de metro, en el talego, en los manicomios…?. No lo sabía, pero al menos aquel viernes lluvioso me fuí a la piltra creyéndome uno de esos amiguetes guais de Cayetana.



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